… «Y se hizo la luz» (y fuimos conscientes de su importancia)

 

Cuando comenzamos a estudiar criminalística, sobre todo alguna de sus especialidades, creemos que nuestro esfuerzo, nuestra adquisición de conocimiento, irá únicamente destinado a esa concreción forense. De hecho, normalmente el objetivo del estudiante es dedicarse profesionalmente el ejercicio como perito, a la aplicación de esta y como ya sabrá, el perito es un profesional con conocimientos específicos en una determinada materia (que aporta esos conocimientos técnicos, científicos,…). Pero, sea cual sea la disciplina estudiada, nada más comenzar uno ya se da cuenta que eso no va solo de lo que creía que iba. Existen, en todas, en absolutamente todos los conocimientos específicos del ámbito forense, saberes de otras disciplinas que deberá aplicar, eso que ahora llaman transversalidad. Un ejemplo sería la fotografía (forense). Desde el experto en ADN hasta el perito en la inspección ocular encargado del levantamiento lofoscópico, pasando por el investigador de accidentes, el calígrafo, etc. van a necesitar nociones más que avanzadas (cada uno en lo suyo), sobre fotografía, porque es totalmente vital. Pero hoy, vamos a hablar de otro especificidad, también de importancia total y que requiere unos conocimientos y unos estudios adicionales algo más que superfluos (mucho más que básicos). Hablamos de la iluminación.

Efectivamente, desde la escena de un hecho hasta el análisis en el laboratorio, la aplicación de la iluminación son fundamentales y la falta de control y conocimiento, puede llevar al error de observación (recordemos que es el primer paso del método).  Si queremos exponer un axioma general, que valga para cualquier profesional, en cualquier situación y que podamos tomar como universal en el mundo forense, es que la luz blanca fría es el mejor amigo del criminalista… siempre. En la escena, esta luz, con una temperatura de entre 5500 y 6500 grados kelvin, es fundamental para realizar la primera observación, bien con focos estáticos, bien con linternas, bien con ambos. Esta no solo ayudará a la observancia, sino a la calidad del reporte fotográfico. Una vez hecho esto, la utilización de las luces forenses, aplicando las distintas longitudes de onda, los filtros que las resalten (y aquí entrarían las conocidísimas fuentes UV (A, B y C), la luz de Wood (muchas veces tratada como sinónima del UV), la iluminación de onda corta,… servirán para resaltar todo aquello que, a los distintos ámbitos de la criminalística, le interesa en cualquier escena, que al final se resume en todo aquello que se pueda obtener (luego ya el laboratorio realizará una criba de lo servible  y no). Por ejemplo, la luz de 415 nanómetros ayuda a resaltar la fluorescencia de la sangre, los 450 nm la del semen, e incluso algunas longitudes como la corta (254 nm) se ha concluido como mejor revelador de ciertos parámetros en distintos soportes (por ejemplo de restos biológicos en geles).

Estas particularidades, se llevan también al laboratorio. En este caso, la iluminación toma una especial relevancia no solo respecto a su valor espectral, sino también a su incidencia, a su aplicación. Sí, en la búsqueda de indicios se utilizan diferentes grados, tipos de incidencia,… para un rastreo eficaz y eficiente (por ejemplo, el revelado con una simple luz blanca fría rasante, es la mejor opción en la mayoría de soportes para una primera inspección), pero en el laboratorio, los propios protocolos incluyen la revisión en todas sus formas respecto a este parámetro.

Así que la iluminación es uno de esos conocimientos que todo perito, de cualquier especialidad, debe conocer. En documentoscopia, por ejemplo, la incidencia, ángulo, tipo de filtro,.. es fundamental porque un mismo objeto «visto» con dos incidencias diferentes puede volverse distintos respecto a la observancia, de ahí por ejemplo, la importancia de plasmar en el informe estos parámetros para poder repetir y validar el análisis. Es curioso que la criminalística, que poéticamente podríamos definirla como el conjunto de ciencias aplicadas en una investigación forense, para dar luz a la verdad que se esconde entre una oscuridad y el sepultamiento de pruebas (conscientes o no), nos lleven irremediablemente al estudio de disciplinas como la óptica, vitales para entender cómo aplicar la iluminación. Sí, empezamos por estudiar, por ejemplo pericia caligráfica, y acabamos por cultivar los principios fundamentales de la óptica, así como el funcionamiento del ojo como órgano fotorreceptor. Los caminos de las ciencias forenses son inescrutables, curiosos, pero sin duda apasionantes.